La lluvia

Mi novia, mi querida novia, mi novia es una loca feminista, (ella no lo sabe).
mi novia es una Reina anarquista, rayando a veces de terrorista.
Yo la he visto buscando tutoriales de cómo crear una granada cacera…
“me encantaría armar una balacera”, me dijo un día.

Mi novia: la raya paredes, la encapuchada, la tira piedras,
Mi novia la quema llantas, la cierra calles, mi novia la loca.
La que fuma yerba más que un rasta, la que nunca me invita,
siempre se la fuma toda ella sola, la egoísta nunca comparte la yerba.

Mi novia, la que no le teme a la muerte, le teme a las culichas,
así es, mi novia, la que construye granadas,
se hace en los pantalones si ve una lombriz.
Yo soy tan feliz tirándole culichas en la nariz.

—Comé mierda, —dijo arrugando el poema luego de leerlo.
—¿No te gustó?
—Me gustó, pero es mentira que yo le tengo miedo a las lombrices.
Tenía esa expresión de enojo en sus labios que tanto me gusta, es una mezcla de risa y enojo al mismo tiempo. Amo ese gesto, si pudiera dibujarlo lo pintaría en una manta.
—Lo de la yerba también es mentira, ¡vos ni siquiera fumás! Vos entrás en pánico con solo ver un poco de yerba. Ni loca te ofrezco yerba a vos, ¿para encontrarte convulsionando después? No mijito, yo no le doy yerba a novatos, no comparto eso con esquizos como vos.
—Tal vez mentí un poco, lo acepto, es que tenía que rellenar espacios…
—¡Comé mierda! Y lo de las granadas también es mentira, —eso lo dijo riéndose.
—Loca, —le dije.
—Demente, —respondió con una sonrisa.
—¿Me vas a acompañar mañana al Mario Mendoza? —Pregunté tomándola de la mano.
—Ni loca, andá vos solo, no me gustan las vibraciones que hay en ese asilo. Además, vos nunca me has acompañado a una manifestación.
Me soltó la mano y se volvió a reír. Se adelantó unos pasos y me extendió la mano para que la alcanzara.
—No me gustan las vibraciones de las manifestaciones —dije—, nunca son positivas, siempre son negativas.
—¿Cómo lo sabés si nunca has ido a una?
—Puedo sentir la mala vibra a kilómetros de distancia.
—Me pasa algo similar con la yerba, la huelo a kilómetros.

Caminamos despacio, jugando y peleando, como siempre. Como todas las mujeres, ella bromea, pero nunca aguanta, siempre termina enojada y llorando. Ese no fue el caso, solo la hice enojar un poco al no dejarla cruzar la carretera hasta que no hubiera peligro de ser atropellados por alguna rastra o tractor, lo que significa que estuvimos como diez minutos esperando a que no viniera ningún auto ni nada por la carretera. Cundo al fin cruzamos me soltó la mano, se la volví a tomar.
—Aquí dejame —dijo.
—No —dije.
—Dejame en paz —gruñó.
—Te llevo a tu casa y ya.

Seguimos caminando, ella enojada y yo feliz. En ese momento empezó a llover, la tomé de la mano y empecé a correr, ella me volvió soltar la mano por enésima vez.
—¿Quién corre por la lluvia? Solo la gente imbécil. La lluvia es para disfrutarla no para salir corriendo como un estúpido.
Me quedé callado, un tanto avergonzado de haber hecho semejante ridículo. La abracé y se dejó abrazar y llegamos chupón hasta su casa. Habíamos caminado como cinco cuadras bajo una lluvia intensa, llegamos mojados hasta el culo. Entremos en su casa y nos quitamos la ropa en la sala, yo tiritaba del frío, ella como si nada.
—¿Me prestás algo para abrigarme? —dije chasqueando los dientes.
No sé si no me escuchó o se hizo la que no había escuchado una mierda de lo que acababa de decir. Yo me moría, ya sentía la neumonía que me daría por haberme expuesto ante semejante aguacero.
—Prestame una cobija —supliqué.
—¡Que jodés! Esperá que me escurra un poco, no quiero mojar y ensuciar todo el piso.
—¿Tenés café? —pregunté en el límite de la desesperación.
—¿Para qué querés café si vos no tomás?
—Poné a hervir café y lléname un pocillo. Necesito algo caliente en mis entrañas, siento que me viene la hipotermia.
—Puta, vos sos un exagerado.
Al fin se apiadó de mí y fue por una pijama y una cobija, me sirvió café hirviendo y así me lo tomé de tres tragos. Unos minutos después se me había pasado el temblor y me sentía mejor que nunca. Una vez seca, mi novia dijo que necesitaba darse un baño.
—si querés esperame en mi cuarto —dijo.
—¿Te vas a bañar con este frío?

No me contestó, solo me hizo muy mala cara. La seguí hasta su cuarto, ella se metió al baño y escuché la regadera a toda potencia. Yo me enrosqué un poco más en la cama para calentarme un poco más. Cerré los ojos y pensé lo loca que debería estar mi novia para bañarse con tremendo frío. “Voy conseguirle una cita con mi psiquiatra”, pensé. Y pensando en los posibles medicamentos que le recetarían a mi novia y los múltiples trastornos que seguro padecía me quedé dormido profundamente.

Cuando me desperté me di cuenta estaba muy confundido, creí que era el siguiente día, luego creí que quizás solo había dormido un segundo, entonces escuché un gallo cantar…, “ah, ya amaneció”, pensé, y me volví a dormir. No sé cuánto tiempo pasó, pero sentí que dormí como un oso. Me despertó mi novia con una fuerte sacudida.

—Cosito —pronunció dulcemente—, ¿te hago comida?
—¿Qué día es hoy? —pregunté yo.
—Aún es viernes tontín —y me dio un golpecito en la cabeza.
—¡Las cosas que soñé¡
—¿Qué soñaste? —interrogó con mucha curiosidad mordiéndose las uñas de ansiedad.
—Soñé que vos envenenabas a Perro (Perro se llama nuestro gato). Lo tomabas del cuello y lo ahogabas en la pila, y decías unas palabras extrañas que yo no entendía. Después me dijiste que le estabas haciendo una ofrenda a los dioses Mayas. Yo lloraba por la muerte de Perro y vos te reías de mi llanto como una desalmada.
—Que estúpido sueño, jamás le pondría las manos encima a Perro.
—Tengo hambre —dije cambiando el tema.
—¿Ya te tomaste tus pastillas?
—Me las tomé en el sueño.
—Aún no has despertado de tu sueño.
—¿Falso despertar?
—Sí.
—Ya decía yo que no podía ser cierto que no te gustara aquel poema.
—El poema es una mierda en tus sueños y en vigilia.

Agarré una almohada que tenía cerca de mi mano y se la estampé en la cara, y antes de que pudiera reaccionar le di otro almohadazo en la cara, el segundo no fue tan certero como el primero, pero fue un buen golpe. Mi novia se armó con otra almohada y empezó la batalla. Destruimos las almohadas inundando la casa de plumas, en realidad las almohadas eran de esponja, pero supongamos que era plumas delicadas y caras.
Dejamos las almohadas y nos fuimos a los puños. La agarré del pelo y le di como cinco vueltas en el piso, ella me dio un golpe bajo y me empezó a patear cuando yo estaba indefenso en el suelo, y ya saben lo que dicen: “no se patea a un hombre en el suelo”, pero que saben las mujeres de esas cosas, del honor y la lealtad. Ese día fui escupido, pisoteado y humillado por una mujer sin corazón. Como pude me arrastré hasta la cama, no podía mover las piernas, estaba seguro de que había quedado inválido por un mal golpe en la columna. Me recosté boca abajo y mordí la almohada de dolor, lloré, lloré mucho y llorando me quedé dormido.

Al despertar anoté todo lo que acababa de soñar, y como yo siempre le he dado una gran importancia a los sueños y su interpretación, pude deducir en base a lo que había soñado que mi novia era una loca rematada y que cualquier mal día me dejaría lisiado, o me acuchillaría mientras duermo, o le pondría veneno a mi comida, o me ahogaría como lo había hecho con Perro en el sueño.

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Una eternidad sin sexo

Una eternidad sin sexo

Ella se fue, se ha ido por quince días, ¡quince larguísimos días sin sexo! Masturbarme no es lo mismo, ni siquiera se acerca; es como comparar un cigarrillo con Marihuana. Y sí, están las vídeo llamadas y eso, pero tampoco es suficiente. Yo necesito contacto; necesito tocarle el culo a mi novia, jugar con mi carrito favorito sobre sus tetas, deslizándolo por cada teta como bajando montañas, me urge recorrer a toda velocidad sus largar y gruesas piernas con mi carrito hippie de los 60´s. Voy a estacionar mi volks bajo las frondosas flores de tu jardín.

Cada día que pasa lo tacho en la pared como un reo que ve pasar los segundos con gran dolor, el tiempo va más lento para él, para mí, que también soy reo del deseo, de la carne, que también como un reo siento una terrible necesidad de coger, de follar, de pisar, meterla, etc, ect. Pero es que en cuanto llegue el día de tu regreso voy a ser como el reo que acaba de salir de la cárcel y está loco por introducirse dentro de un hermoso par de piernas.

El día de tu venida te voy a estar esperando como agua en el desierto, voy a cogerte con unas ganas que se me hará casi imposible no metértela en plena vía pública. Voy a bajarte las bragas en pleno mercado y voy joderte el culo con todas mis fuerzas. Y que nos tomen fotos y que nos hagan mil vídeos y que llamen a la mierda policía; para cuando esos cabrones lleguen ya nos habremos escapado en algún taxi. Y la cosa no se detendrá; vamos a darle un gran espectáculo al conductor del taxi, tanto así que no nos cobrará un centavo por llevarnos hasta nuestro destino: nuestro deseado destino es la cama.

 

Emilio

Era flaco como una calavera, su piel era un montón de pellejo colgante, y estaba moteada de cativí. Tenía una pequeña joroba que lo hacia un tanto, lúgubre. Los rumores decían que no le quedaba mucho tiempo de vida, “quizás tenga sida”, decían algunos. Nadie sabía cuántos años tenía, y nadie se atrevía a hacerle semejante pregunta, era un viejo tímido y huraño como un pájaro.

El viejo se daba a la bebida, la coca y los travestis. El poco dinero que recibía de la jubilación lo utilizaba en su totalidad en tabaco, bebida y cocaína, de vez en cuando utilizaba alguna que otra droga, pero las anteriormente mencionadas eran las que más utilizaba. Emilio, así se llamaba el viejo, vivía solo y la mayor parte del tiempo la pasaba solo en su casa, no le encantaban las compañías. Su casa era un cuarto pequeño y vacío, no tenía casi nada de mueblería y esas cosas, tampoco tenía energía eléctrica ni ningún aparato de que consuma electricidad, todos esos objetos habían ido a parar a la casa de empeño, excepto algunas pinturas que mantenía colgadas en las paredes. Emilio tampoco tenía cama, dormía en una alfombra redonda llena de trapos y cobijas viejas llenas de pulgas y ácaros, nunca aguantaba frío eso está claro.

Emilio casi no dormía, desde joven había empezado a sufrir de insomnio, esto producto del estrés y las ansiedades de las que nunca pudo librarse en su época de universitario. Cuando no lograba dormirse, se sentaba en medio de la alfombra, prendía una vela y se ponía a escribir, escribía cosas, inventaba, era una especie de diario, o alguna especie de larguísima nota suicida. Siempre escribía sobre la muerte, siempre escribía que moriría, que lo matarían, que ya no duraría. “me queda poco”, pensaba mientras escribía.
Su última vela se apagó a mitad de una oración, Emilio prendió un fosforo y quemó la página que no había podido terminar de escribir.

Eran la una y treinta y cinco de la mañana cuando Emilio salió de su casa rumbo al “night club”, Era un antro gay, era de los pocos lugares al que sí dejaban entrar a un anciano enfermo como Emilio. Aún le quedaba algo de dinero de lo de la jubilación para despilfarrarlo en sexo y droga. Desde joven le había gustado la vida nocturna, se había aficionado por las putas, y es extraño, ya pasado de los cincuenta años empezó a sentir predilección por los transexuales y travestis. Ni siquiera podía recordar cuando había sido la última vez que había tenido sexo con una mujer, hacía años que solo cogía con travestis y transexuales. Las mujeres habían dejado de excitarlo hacía mucho tiempo. Recordaba cierta vez, cuando empezaba a acostarse con travestis, que intentó coger con una puta, la cosa no salió bien, nunca logró que se le parara la verga.

Muchos de los travestis y maricas que frecuentaban dicho antro, tomaban al viejo Emilio como un personaje con dinero, quizás era por su forma de vestir, por ir siempre con trajes al estilo de los años 60´s, Emilio tenía estilo, había sido un hombre de mundo, de modas…, ahora nada de eso importaba, su ropa era lo único que le quedaba de aquellos viejos tiempos en los que era joven y vanidoso. Ahora no era más que un pobre viejo adicto.

—¿Lo de siempre señor? —preguntó el bartender una vez que Emilio se hubo instalado en la barra.
Emilio asintió con la cabeza sin ver al bartender. El chico de la barra no se sintió mal por eso, ya sabía como era Emilio, sabía que era un viejo excéntrico y tímido. Pero ese día Emilio sentía ganas de hablar un poco.
—Lo que me gusta de este lugar —dijo mirando su copa, como si hablara con ella, pero dirigiéndose al tipo de la barra—, lo mejor de este lugar es la música; el jazz. ¡Hermoso!
Muchas veces he venido aquí solo por el jazz, sí, es el jazz… Otra por favor.
Emilio bebió de un tirón el trago servido y se quedó como sumido en curiosas reflexiones, en su rostro se dibujaba casi una sonrisa mientras miraba sin ver hacia el fondo de su copa.
—La buena música —dijo Emilio levantando el dedo índice como si estuviese dando alguna lección a algún estudiante—, es indispensable en lugares como este, el lugar adquiere clase, glamour, y todas esas cosas que los jóvenes de ahora no conocen.
—He de confesarte que este club es uno de mis favoritos —dijo Emilio levantando la vista de su copa y viendo por fin a los ojos del joven bartender.
—Nos alegra que gente como usted nos visite, creo que es la única persona con clase que viene a este lugar.
El bartender le sirvió otro trago, este a nombre de la casa. También se sirvió uno para él y brindo con Emilio por el jazz. Sentía una alegría extraña y especial por haber escuchado un poco las cosas que tenía que decir aquel viejo huraño que nunca hablaba con nadie.
—¿A qué hora vendrá Paula? —preguntó Emilio, que estaba un poco desesperado.
Paula era uno de los travestis del lugar, y también el traficante de aquel club.
—Normalmente aparece a esta hora, seguro viene en camino, nunca falta.
Emilio se sintió en confianza con el bartender como para confesarle que le urgía ver a Paula para comprarle un poco de coca y eso.
—En caso de que Paula no aparezca —dijo el de la barra viendo la desesperación de Emilio—, tengo algo de coca que me sobró de ayer…
—¿Cuánto tenés? —interrogó el viejo con gran ansiedad.
—Un poco más de un gramo.
—Te la compro.

El bartender sacó de una sus bolsas la coca y la puso en la barra delante del Emilio, esté le preguntó que cuánto con movimiento de cabeza, el bartender le guiño un ojo y le dijo que era un regalo. Emilio cogió la coca de la mesa y se fue al baño. Cuando Emilio salió del baño traía un rostro totalmente nuevo, sus ojos antes fríos y apagados ahora brillaban como dos luceros. Fue a sentarse de nuevo a la barra y pidió otro trago. Emilio sabía más que nadie que nada era gratis en la vida; le preguntó al bartender cómo podría pagarle lo del polvo.

—Con otro polvo —contestó el otro.
El viejo se quedó callado, no se imaginaba cómo alguien podría interesarse en un viejo deformado como él. Tampoco se imaginaba que el de la barra era marica, “pero es un club gay”, pensó, que más se puede esperar, hay maricas por doquier.
—Un polvo por otro, —repitió Emilio con una horrible mueca en la boca, una especie de sonrisa forzada— ¿es una broma o qué?
El bartender rompió en carcajadas, grandes risotadas, cuando al fin logró calmarse le sirvió un trago a Emilio y se sirvió uno a sí mismo. Emilio tragó amargamente y pagó la cuenta y salió del lugar.

Mientras caminaba a cualquier parte, Emilio se lamentaba con todas sus fuerzas de haberle confesado al bartender que necesitaba coca, y se arrepentía aun más de haber aceptado la coca que aquel le había obsequiado. Faltaban veinte minutos para las cuatro de la mañana y el jorobado camina como un fantasma por los callejones de la ciudad, de vez en cuando se encontraba con esa clase de gente como él que salen solo en la oscuridad.
Cuando inhalaba coca Emilio se sentía con las energías de un joven de veinte años, podía hacer cualquier cosa sin sentir fatiga, esa era una de las razones por la que se había hecho adicto a la cocaína. Emilio se detuvo en una esquina y sacó un poco de coca que le había quedado, pensó en tirarla al recordar la risa del tipo de la barra, pero no pudo, no podía desperdiciar algo así, el orgullo no valía nada cuando se trataba de cocaína. Inhaló el resto y siguió su camino con nuevas fuerzas. Se metió en un tugurio de los que abundan en el mercado en busca de nuevos lugares, una especie de exploración de burdeles y moteles. La jornada no había sido buena para Emilio, por eso seguía buscando sin saber qué. Le faltaba algo, sexo, pero ni siquiera sentía ganas de coger, simplemente quería hacerlo porque pensaba que al final quizás eso lo haría sentir mejor.

Entró en una de las peores y más famosas cloacas del mercado, un lugar frecuentado exclusivamente por las ratas y las cucarachas de toda la ciudad. A Emilio no le importaba en absoluto, hacía mucho que había perdido el asco, entro sabiendo que cualquier cosa podría pasar en un lugar así; podría estallar una pelea en cualquier momento, o estallar una bomba; cualquier cosa podía pasar en un lugar así, estaba lleno de gente desquiciada, lo peor de lo peor. “Bueno, ya estoy aquí y no me importa si me apuñalan y me destripan”, pensó. No había asientos disponibles, se arrimó donde pudo en una esquina y prendió un cigarro. Mientras fumaba se le acerco una puta, era una negra enorme como un árbol.

—¿Vamos a coger o qué? —preguntó la gorda.
—Soy marica —respondió Emilio.

La gorda lo miró de pies a cabeza y se fue sin decir palabra. Emilio se sintió aliviado de haberse sacado tan rápido de tremendo elefante. “sin duda me hubiera aplastado”, pensaba Emilio con la seño fruncido. Se imaginó a la gorda a horcajadas encima de su flacucho cuerpo, la gorda moviéndose gelatinosamente mientras trataba de lograr que se empalmara la verga a Emilio, la gorda se movía con mucho ímpeto, estaba empeñada en lograr una erección en un viejo marica como Emilio. La gorda sudaba a chorros, las gotas bajaban desde su cabeza hasta llegar el abdomen de Emilio, este estaba a punto de sufrir una crisis de claustrofobia producto del amarre de piernas con el que lo tenía sometido la gorda.

Emilio salió desilusionado de aquel lugar y caminó pesada y resignadamente rumbo a su casa. Ya empezaba a clarear, las gentes que tienen negocios en el mercado empezaban a aparecer, las tortilleras, los verduleros, los vende mierda… Era hora de volver a casa, había sido una noche pésima para Emilio. Antes de llegar a su casa pasó por un chupadero y compro una botella de ron barato y tres paquetes de cigarros. Emilio entró en su casa, se quitó la ropa y la dobló delicadamente y le colgó en una silla. No tenía sueño, se sentó en alfombra y sacó su diario de entre las cobijas, ya había luz suficiente para escribir. Esto escribió:

Estoy resuelto a terminar conmigo, me beberé esa botella de ron y después me colgaré de una de las vigas de este viejo techo. Beberé hasta la última gota de esta amarga botella y eso será lo último que haga. Ya no tengo nada que ofrecer a este mundo, y este mundo nunca supo ofrecerme nada bueno. Sí la muerte no vino por mí yo iré a ella… ¿a quién le dejo esta carta, acaso tengo familia o amigos? No los tengo, lo hago porque eso es lo que se acostumbra a hacer cuando uno va a quitarse la vida, es parte del protocolo de todo buen suicida, dejar una nota de muerte. Y esta casa que y la mierda que hay adentro es lo único que tengo, y como no tengo a nadie a quien dejársela ni nadie a quien quiera dejársela, le prenderé fuego, haré una hoguera de esta mierda.

Antes de que Emilio terminara de redactar su carta de muerte fue interrumpido por unos pequeños golpes en su puerta. Fue a ver quién era y se encontró con el bartender del club gay.

—Hola —dijo tímidamente—, lo seguí, lo seguí desde que salió del club.
Emilio estaba sorprendido, no sabía que hacer o que decir, hasta se había olvidado ponerse una bata encima, iba en calzoncillos.
—¿Puedo pasar? —interrogó el chico.
Emilio asintió con la cabeza y abrió la puerta de par en par.
—Es muy acogedor, el lugar, digo su casa —dijo el muchacho viendo que no había sillas ni mesas ni esas cosas que no faltan en las casas civilizadas.
—Lo es para mí —dijo Emilio sentándose en su alfombra e invitando con un gesto al muchacho para que se sentara con él.
—Me llamo Pablo —dijo el bartender después de un prolongado silencio.
—Tengo planeado emborracharme —Emilio levantó la botella y la destapó, luego le dio un larguísimo trago y se la pasó a Pablo.
Pablo dio un trago igual de largo dejando la botella en poco más abajo de la mitad y dijo:
—Yo tengo planeado tener sexo con usted.
Emilio sonrió, realmente le había hecho gracia escuchar aquello, tanta gracia le causo que no pudo evitar devolverle la carcajada que Pablo le había dado hora atrás. Pablo se sonrojó de vergüenza, intentó decir algo, pero de su boca no salió nada.
—Cuando terminemos esa botella —señaló Emilio—, te quitaré la ropa y te la meteré en la boca y luego en el culo, o primero el culo y luego la boca.
El bartender se sonrojó de nuevo y dio con todo a la botella para que se terminase rápido, y así fue, con el siguiente trago de Emilio la dejó vacía.
El joven bartender que estaba ebrio se acercó a Emilio para besarlo, el jorobado apartó su cara para evitar el beso.

—Los besos —habló Emilio con los ojos cerrados, como en estado de trance—, como dicen los grandes poetas y escritores, los besos, son para los enamorados. Y nosotros joven y guapo amigo mío, no somos dos tortolos enamorados…, nosotros somos títeres del deseo, movidos por el Diablo; el tiene los hilos que nos mueven a obrar de la forma que obramos.

Emilio se acercó al joven y le desabotonó el” pantalón, metió su mano como un ladrón en medio de las piernas del bartender y sacó su duro pene, lo contempló con delicadeza como si fuese una pieza de cara porcelana, luego empezó a chuparlo con gran vicio.
El joven bartender se estremeció de placer y se dejó caer en la alfombra gimiendo y suspirando como nunca lo había hecho. Emilio siguió chupando y meneando la verga del bartender hasta que aquel ya no pudo resistir más y se vino, intentó avisarle a Emilio para que este se apartara en caso de que no quisiera tragarse el moco, pero Emili se tragó hasta la última gota de las mieles del bartender. Hecho eso, Emilio tomó las piernas del joven y la cruzó de forma de que el bartender quedara boca abajo en su alfombra, le bajó los calzoncillos hasta las rodillas y le metió el dedo en el culo para dilatar el ano un poco, se escupió un par de veces la verga hasta cubrirla totalmente de saliva y empezó a penetrar el no tan estrecho ano del joven bartender…

Emilio y su amigo siguieron dándole duro hasta las once de la mañana, ambos estabas rendidos y exprimidos. Estaban tan cansados que se quedaron dormidos. Emilio que siempre había tenido un sueño ligero, se despertó primero. Todavía estaba borracho, se fijó en la carta suicida que había escrito hace rato y la volvió a leer, le hubiese gustado escribir un par de cosas más pero no había señales del lápiz por ninguna parte. Se levantó sin hacer ruido, agarró su ropa para ponérsela, pero al instante recordó que no la necesitaría, caminó desnudo hasta una esquina de su cuarto donde había un cajón con algunas cosas viejas y, del viejo cajón sacó una cuerda…

Cogió la cuerda y con ayuda del mismo cajón, que le sirvió de apoyo para alcanzar las vigas del techo, amarró la cuerda y luego hizo un nudo en el que ensayó su cuello. Desde lo alto del cajón observó al bartender dormir profundamente, no quería despertarlo, sabía que al patear el cajón este haría mucho ruido despertando al bartender y este seguramente trataría, y posiblemente con éxito, de bajarlo de la viga. Emilio se bajó del cajón y revisando dentro de este sacó un pequeño cuchillo, tocó la hoja con uno de sus dedos y observó que este aún conservaba su filo. Caminó muy despacio hasta el joven bartender para no despertarlo y se agachó muy cerca de él… lo contempló una vez más, esta vez como un padre que mira a su hijo por última vez y le clavó el cuchillo en la yugular. El bartender se despertó con los ojos como platos, desangrándose a mares y tratando de frenar con sus manos lo imparable. Su rostro tenía una horrible expresión de agonía y terror, un par de minutos más tarde, el bartender había dejado de sufrir; había dejado de existir.

 

León Alfonso Echeverri.

 

Jorge Luis

He leído mucho, muchísimos libros, diferentes escritores de todos los géneros que existen y hasta de los que no existen. He leído literatura indie y también de la otra, que suele ser una mierda. El caso es, que todos los escritores que he leído a ninguno he comprendido menos que a Borges. No logro entender una mierda sus cuentos ni nada de lo que he leído de él.

Vacaciones

He decidido que esta semana de asueto voy a desengancharme de los barbitúricos. ¡No de golpe! ¡Por supuesto que no! Voy a bajarle de poco a las pastillas hasta quedar en blanco. No voy a salir de mi cuarto en quince días, ni siquiera abriré las ventanas…, pase lo que pase, sienta lo que sienta deberé resistir, así es, aunque sienta que me estoy despellejando, aunque se me seque la boca y mi estómago no tolere ni el agua; aunque me den siete diarreas y empiece a delirar de fiebre, nada podrá detener mi determinación.

No, no hablaré con nadie más que con mi novia, la llamaré por teléfono y me pondré a llorar, seguramente le suplicaré que me consiga pastillas y recetas para no morir. Seguro le diré que estoy a punto de morir, pero ella no me ayudará, le dije que no me ayudara sin importar lo que le dijera. Ella es una chica dura, sabe como hacerlo. Podrá verme temblando de fiebre en mi cama y eso no la conmoverá ni un poco, no me conseguirá una pastilla ni aunque convulsione como un perro rabioso.

Creo que esta vez sí lograré al fin desengancharme. Soy muy pesimista pero esta vez me siento bastante optimista.

Hermanos

—No voy a comer esa mierda –dije señalando el plato de espaguetis que mi abuela puso en la mesa—.

Sentí que se me adormeció una parte de la cara, muy cerca de mi boca. Me di cuenta que me habían sacado de mi silla de un vergazo. Instintivamente me llevé las manos a la boca, estaba chorreando sangre. Me sentí muy aturdido, no logré levantarme.
Mi hermano menor había escuchado lo que dije sobre comida. No me dijo nada, solo me pegó muy duro en la geta. Quizás era su forma de decir que no sea tan hijueputa. Mi hermano estaba creciendo… siempre había sido yo el que le pegaba a él. Las cosas estaban cambiando, la calle lo había vuelto duro y rebelde. Yo ya no le inspiraba respeto, menos temor. Yo era un borracho, un don nadie.

Fui al baño a limpiarme la sangre, ya ni me sentía borracho. Me habían bajado el pijín de un vergazo. En mi mente solo había un único pensamiento: mi hermanito no me respeta. “Voy a tener que quebrarle la cara para que sepa que yo soy el que manda, pensaba”.

—Francisco —me llamó mi abuela tocando suavemente la puerta—, no quiero que vayás a pelear con tu hermano, ahora que se lleva con los locos hasta camina armado.
Abrí la puerta, la abuela estaba parada frente a mí con un escapulario, andaba rezando por toda la casa. Pasé sobre ella sin decir nada. Mi hermano ya se había ido, salí a buscarlo, no fue difícil dar con él, estaba en la esquina con los locos.

—¡Pedrito! —grité—, ¡vengo a reventarte a pija! Voy a quebrarte el culo delante de tus amigos.
Pedrito apagó su cigarro y se quitó la camisa, idiota exhibicionista, se acercó a una distancia prudente y sacó una pistola plateada que llevaba en la espalda baja dentro de su pantalón. No tuve miedo ni nada, era mi hermano, estaba un poco loco pero sabía que yo era su hermano. No podía hacerme nada con esa pistola, eso pensaba yo…

—Guardá esa mierda y peleemos como hombres —hablé mientras me acercaba a él con los puños bien cerrados.
—Si das un paso más te pego un plomazo —dijo.
—¿A tu propio hermano?
—Ellos son mis hermanos —dijo señalando a la pandilla con su hermosa pistola plateada.
—¡Tu familia soy yo! ¡Soltá esa pistola que te voy a matar a pija!
—Es cierto, no voy a dispararte —sonrió guardando su arma—. Hey locos, maten a pija a este hijueputa.

Se me vinieron como diez locos encima, no pude hacer nada, me llegaban golpes de todas partes. En menos de un minuto ya había perdido el conocimiento.
Cuando desperté estaba en el hospital con las costillas rotas y sin dientes, también me habían fracturado el cráneo y una pierna. Mi abuela esta junto a mí cuando desperté.

—Te dije que no pelearas con tu hermano —y se levantó de la silla para irse.
—Abuela —logré decir antes de que cruzara la puerta, ella se voltió—, ¡voy a matar a verga a ese hijueputa de Pedrito!

 

 

 

La regla.

Mi chica anda con la regla y dice que no podemos tener sexo y tal. Yo no creo en esas cosas. Podría hasta chupártela si me das una oportunidad. Lamería tu vagina como si fuese un mango maduro, de esos mangos con pelo; sí, de esos que se te traban en los dientes. Dale, mi amor, rompamos las reglas: tu regla. Experimentemos cosas nuevas. Mi pene será un pincel y tu sangre será la tinta con la que escribiré alguna barbaridad.

¡Yo nací para romper las reglas! Dale, hagamos las cosas que gente normal no hace. Nosotros somos los salvajes, los paganos, los pecadores, los puercos. Seamos unos puerquitos bien bonitos en la cama. Caguémonos el uno al otro y luego nos lavamos con orines.

Ninguna regla a mí me detendrá…
No desaprovecharé esta buena erección.

 

Mis libros

–¡Devuélvanme los libros que les presté –grité–, no se los regalé!
Pero nadie me estaba escuchando, no había nadie conmigo, estaba solo. Entonces supe que estaba sufriendo otra calentura. Tomé el teléfono y marqué el 666, nadie respondió, lo intenté con el nueve once.

–Nueve once, ¿cuál es su emergencia?  –Preguntó una señora.
–Váyase a la mierda vieja puta –grité y colgué con fuerza.

¿Dónde estaban mis pastillas? En casos así hay que mantener la calma para purificar el alma. Prendí como diez varitas de incienso y me concentré en el humo, sus formas y toda esa mierda Zen. Tanto humo me provocó una terrible náusea, vomité el piso. Apagué todas las varas de incienso metiéndolas en el charco que acababa de vomitar.

¡No voy a volver a ese hospital me grité a mí mismo! ¡No! Tome el teléfono de nuevo y llamé a una amiga.
–León, a qué se debe el milagro de tu llamada.
–¿Te puedo preguntar algo? –dije tranquilamente mientras daba gruesos tragos de agua.
–Claro.
–¿Qué opinás de esa gente mierda que uno le presta sus libros y nunca te los devuelve?
Silencio, antes de que pudiese decir algo le corté. Hacía meses que me tenía nueve libros. ¡Necesito mis libros! Nuevamente tomé el teléfono, esta vez llamé a mi novia.

–¿Qué querés? –dijo.
Había mucho ruido de su lado, perros latiendo, gente gritando, música a todo dar.
–Tengo que verte –dije.
–¿Qué? Hablá más fuerte –gritó.
–¡Quiero verte! –dije gritando.
–¡No te escucho!¿qué dijiste? –ella seguía gritando.
–¡Que te mate un tren puta desgraciada! –grité a todo pulmón.

Salí a la calle a comprar flores.

Caliente despertar

Me desperté enfermo de lujuria, la tenía más grande que un burro, no podía desaprovechar esa erección. Por suerte al lado mío estaba Pilar Con las tetas al aire y toda aquella pierna desparramada por mi cama. Me subí en ella y la tiré con fuerza del pelo. Empecé a frotarme en ella. Pilar se despertó y me insultó. La agarré con toda mi fuerza del pelo y le arranqué un par de hilos de la cabeza; se le escapó un grito y par de lágrimas, eso me excitó más.

–Puta loco, dejame dormir tranquila –alcanzó a decir.

–¡Chupámela! –grité tirando sus cabellos.

Pilar no quería chuparla por las buenas entonces tuve que usar un poco de la fuerza que Dios le dio a los hombres. Ella intentó detenerme pero yo soy muy fuerte; como Sansón.

Una vez que la hube inmovilizado se la metí con fuerza en la boca, para ese entonces ya estaba demasiado enfermo de ansiedad y no pude contenerme, me vine, le tiré semen hasta en el pelo y los ojos.

–¿Para eso me despertaste? ¡Apartate de mi vista inútil. Ahora voy a tener que lavarme el pelo y hace dos días que me lo había arreglado.

–Lo siento, en el próximo estaré mejor te lo aseguro.
–Comé mierda vos mal polvo. ¡Puta, tenías que acabar en mi pelo! A demás de precoz son un idiota.

–Dale,seguí, desahogate, –expresé tristemente mientras trataba de encender un cigarro con un fósforo mojado.

–Seguí fumando que por eso sos un inútil en la cama. ¡Que frío está haciendo y tengo que lavarme el pelo por este pedazo de idiota¡
Tiré el cigarro al piso y lo aplasté con mis pies descalzos, estaba indignadísimo.  “Ya va ver esta puta, pensé”. Pilar se había metido en el baño, podía escucharla renegar por lo helado del agua y lo mierda que era yo.

–Esta noche –grité para que me ollera a pesar de regadera y la alegadera de Pilar–, voy a comprar dos gramos de coca y con esa mierda en la cabeza voy a llenarme de energía; ¡voy reventarte el culo zorra, voy a partirte en dos pedazos como a una sandía!

–A mí me vale verga y me vale pija lo que te metás por el culo –respondió una voz desde el baño.

Me cambié, me puse la botas, me vi al espejo y supe que Pilar tenía razón. Salí despacio del cuarto como si estuviese escapando de Pilar. Fui al bar de la esquina y pedí un par de tragos.

–Te ves mal –comentó el de la barra mientras me servía el segundo trago.

–Estoy jodido, es mi pene, no está funcionando bien, ya no soy el de antes, me estoy volviendo una mierda en la cama.

–Todos pasamos por eso, es mental, todos tenemos malas temporadas, malos  polvos. Pero los buenos tiempos siempre vuelven. ¿Otro trago?

–Por favor.

–Quizás sea tu mujer –siguió hablando el de la barra.

–¿Mi mujer qué?

–Ella es la culpable de tu mala racha. Creo que deberías intentarlo con otra.

–No, claro que no… no puedo hacerle eso  Pilar.

–Sí podés.

–Sí puedo. ¡Dame uno más!

Terminé mi quinto trago y pagué, dejé buena propina, me calló bien el de la barra, buenos consejos, buen amigo, gran tipo.